En las imágenes de Tierra Vacía, todo lo que se ve –la sombra de un avión, la desnudez de una esquina, paisajes de papel pintado, un campo minado de abrojos- tiene el rastro de una presencia humana que se borronea cuando se lo observa para dar paso a la ilusión de asomarse al mundo por primera vez, un mundo entre lo prístino del relato bíblico y la soledad apocalíptica del día después. Porque la mirada de David Sisso le pone un filtro particular a la realidad: muestra que lo que es, es; pero además, también y siempre es otra cosa.