Las fotografías de Florencia Blanco tomadas en Salta se nos aparecen como asombrados frescos bucólicos o como catálogos de costumbres, pero no lo son. Una delicada violencia ha quedado grabada en ellas, una tenue zozobra. Cada una de las tomas absorbió del lugar la cuota de sombra que le corresponde. Así, en los estudiantes joviales que celebran su día se adivina un futuro sometimiento a las reglas implacables de la sociabilidad. La energía y la espontaneidad acaban por disolverse en interiores domésticos centrípetos donde vidas sin impulso van deshojándose entre cortinas pesadas, emblemas religiosos, crespones, candelabros y retratos de predecesores idos hace tiempo. Nos damos cuenta que la educación de muchos salteños comienza y acaba en esos salones.