Eran jóvenes y la sangre corría por las venas de todos ellos, era una sangre fresca, bajo un apiel transparente, que dejaba ver sus latidos en cada pulso, en cada zancada de esa corrida en masa hacia el bosque, hacia los árboles, hacia las afueras de la ciudad. ¿Para qué? para sentirse entre ellos, para rodearse de la misma fuerza vital que les salía como rayos por los ojos.