En danza con el movimiento cósmico, la luz escenificaba su transcurso integrando cada día, con perfecta exactitud, el registro de una ligera variación. Esta era, pues, la elocuente manifestación del Kosmos griego: un orden esencial que permea cualquier superficie, cualquier dimensión; desde lo más pequeño a lo inabarcable, de lo físico a lo inmaterial. La cámara, convertida en un doble invertido de la habitación, se hizo eco del Kosmos y quedó plasmada una película sobre la luz, el silencio y la inmovilidad.