En 2007, Ricardo Cases emprende un viaje por Mali acompañado por un hombre blanco. Durante el camino, fotografía todo aquello que llama su atención y realiza retratos de su acompañante, un señor de Sevilla que básicamente se dedica a pensar y mirar. A su regreso, Cases revisa el material y comienza a jugar con las imágenes partiendo de la idea de relacionar los dos grupos de fotografías, las de su compañero de viaje y las del territorio que visita. Sin embargo, se da cuenta de que no tienen autonomía suficiente para contar sus propósitos y tras varios intentos decide guardar el material en un cajón.