En los últimos meses de 2009, Jarret Schecter emprendió su segunda aventura épica en tren, esta vez intercambiando los vastos paisajes de Estados Unidos por el igualmente vasto interior de Rusia. Schecter abordó el famoso Ferrocarril Transiberiano, el ferrocarril más largo del mundo, y comenzó a fotografiar la vista desde la ventanilla de su tren. Viajando tres veces entre los dos puntos finales desde Moscú en el oeste hasta Vladivostok en el este, descubrió una perspectiva real del inmenso corazón del país, que además de estar dominado por bosques y campos, era una enorme área plagada de pueblos empobrecidos, plantas industriales en ruinas y un puñado de ciudades anodinas.