En Los Altos de Jalisco, como en muchas otras partes donde ha prevalecido el catolicismo, la muerte de bebés y niños implicaba un ritual que buscaba encontrar un consuelo para las familias y, a la par, hacer eterna la memoria de un hijo que no se pudo ver crecer. Es la tradición del Velorio de Angelitos, que partía de la idea de que por haber vivido sin uso de razón los pequeños difuntos «estaban libre de pecado» y por eso su fallecimiento significaba que llegarían de inmediato al Paraíso.