En los comienzos, había que cruzar un conchal para llegar hasta la playa brillante de gruesa arena blanca… también una pequeña aguada que olía a musgo y rocas, a plantas resinosas del cerro. Yo tenía una edad tan breve aún, que recuerdo el filo de las conchas en mis pies y el agua, el aroma de la sal caliente, nada sabía de Changos ni Chinchorros, ni menos que habitaran mi pulso. Sin embargo, el recuerdo vibra intenso en el corazón, la voz interior de la que habla García Alix, esa que entre mil pensamientos puja por hacerse escuchar.
Hoy sin embargo, las rodean botellas, pañales, colchones o neumáticos. ¿Qué fue de ese sol y esa mañana húmeda sobre el conchal? ¿Cuántas caletas más habrán desaparecido en el transcurso de mi generación que nació sin basurales y ahora reina entre ellos?